martes, 21 de abril de 2015

Catarsis, dulce catarsis

Hace ya un buen tiempo que no me sentaba a redactar algo por simple diversión y justo ahora me ha entrado  un afán irrefrenable por sacar de alguna parte las palabras que hace ya tiempo rondan en mi cabeza; sin duda, Karmín (así llamo a mi subconsciente) está jalándome del cabello sólo para que prosiga con esta, a veces, fastidiosa tarea de la cual me ha sido imposible deshacerme.

Creo que si no tuviera la necesidad incorregible de escribir viviría de mejor manera, mi existencia sería más vaga y placentera, y dejaría de pensar en hacerle catarsis a cada una de las cosas que veo y objeto. Dejaría de estar ensimismada sobre los cuadernos mientras tomo café e intento pensar en algo inteligente que pueda expresar todas esas cosas que, al final, consumen por dentro.

¡Qué tragedia esto de escribir, de pensar, de mantener la mente inquieta aún en los sueños! Y a veces uno fracasa y no quiere pensar lo visto, ni narrar lo leído, no quiere estar encontrando palabras perfectas que se ajusten a oraciones perfectas y a situaciones perfectas, que expresen emociones perfectas capaces de transformar a lectores; y, a veces,  es mejor que los lectores no lo sepan, es mejor que no se den cuenta de todo el sufrimiento que este accionar de las letras acarrea.

Yo creo que debería olvidarme de la escritura, que debería dejar las ilusiones que de vez en cuando devela; debería leer lo que otros ya escribieron y existir a través de las historias triunfales que se han ganado un lugar en el tiempo, pero ya escribir se hizo inevitable y no podré tener mi catarsis, no podré quemar los 17 diarios que se han vivido, los 2 cuadernos de amor que han permanecido sin dueño, las 34 historias que no se han leído y los 2 poemas productos de un pesado delirio.

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